El príncipe de Brasil: “Lo raro sería cazar zorros en la playa de Ipanema”


Su tatarabuelo le compró uno de los primeros teléfonos al propio Grahan Bell y su bisabuela creó la ley que daba la libertad a los esclavos en Brazil. Habla João de Orleans e Bragança: posiblemente el único monarca del mundo que practica surf

Por LOLA GARCÍA-AJOFRÍN, publicado en ‘3Sesenta’, en noviembre de 2013.

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Joao De Orleans e Bragança, en su casa, en Paraty, en un momento de la entrevista.                       ©LOLA GARCÍA-AJOFRÍN

Cuando un periodista del diario británico The Telegraph le insistió en la rareza de encontrar a un príncipe surfista, Don João de Orleans e Bragança (Río de Janeiro, 1954) respondió con ironía: “Lo raro sería cazar zorros en la playa de Ipanema”. Recuerda la anécdota entre risas el conocido como “João Príncipe” por los surfistas de Río de Janeiro, tataranieto de Don Pedro II (El Magnánimo) y bisnieto de la última princesa imperial de Brasil, Doña Isabel de Bragança. Un príncipe atípico, amante de la fotografía y del surf. Como él mismo reconoce: “Un príncipe a la brasileña”.

Como en un cuento, el apuesto príncipe de ojos grisáceos y barba de cuatro días llega al castillo: una casa señorial frente al mar, en la localidad de Paraty, a cuatro horas y poco de Río de Janeiro, donde reside y es propietario de un hotel de tres estrellas que llevaba el nombre de “Posada del Príncipe”. El escenario es un agradable municipio junto al océano, de calles empedradas y casitas blancas, entre dos ríos, que recibe por igual a hippies y perros, en el camping que a millonarios, en sus caserones. Saluda en un castellano notable y se disculpa por los quince minutos de retraso y el atuendo: “Perdona, vengo de visitar unos terrenos con la empresa”, se excusa, mientras sacude el polvo del bajo de los pantalones. Antes de empezar, nos pide que nos dirijamos a él de manera informal: “Como Brasil es: un país muy informal”, apunta.

“Crecí sabiendo que todos somos iguales, principalmente con profundos valores patrióticos y cívicos, mucho amor y respeto a Brasil”, continúa el príncipe brasileño que se remonta a sus antepasados imperiales: “La monarquía brasileña fue un período relativamente corto, unos 67 años (1822-1889) y sin embargo, en tan poco tiempo, la familia logró muchos avances”, presume. Se refiere a la independencia de Brasil, con Don Pedro I –que luce a caballo en una figurita de cerámica que adorna la estantería–. “Me gusta mucho esta representación de él un poco kitsch”, bromea. A su tatarabuelo, Pedro II, que “era bastante democrático para su tiempo, para que te hagas una idea, en Brasil, en 1850, 60, 70, había total libertad de prensa, en una América Latina de dictadores, de generales y de caudillos. Tenían también un modelo civil y una constitución basada en los derechos civiles americanos, no en una constitución europea”, explica. Y a su bisabuela, “la princesa Isabel, que promulgó la ley que daba la libertad a los esclavos”.

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El príncipe de Brasil habla de sus antepasados con la misma fuerza que de su pasión: el surf.      © LOLA GARCÍA-AJOFRÍN

La familia imperial al completo: Don Pedro I, Don Pedro II y la princesa Isabel de niña lucen en enormes cuadros iluminados sobre las paredes de piedra de uno de los salones. El Príncipe se detiene frente a una de las pinturas y dispara: “Este es Don Pedro II, ¿sabes que fue el primer jefe de estado del mundo en tener un teléfono?”. Explica, entusiasmado, que su tatarabuelo se lo compró al propio Graham Bell: “Lo conoció en la Feria de Phipadelphia en 1875. Graham Bell estaba ahí con unos 30 jóvenes inventores, cada uno con una cosa. Y bueno, te preguntará que a quién llamaba. Mis amigos suelen bromea con este asunto –observa divertido–. Compró dos teléfonos e hizo la línea de San Cristóbal al centro de Río”, matiza. “Tenía una visión clara de lo que quería para Brasil y uno de los puntos principales eran las comunicaciones”.

Fotos y surf y viceversa

Hace 40 años, un aparato tecnológico también cambió la vida de João De Orleans e Bragança. Fue una cámara Niconos –para fotos submarinas– la responsable de que se enamorase de la fotografía. “Hice surf toda mi vida, soy un apasionado de este deporte”, explica el Príncipe João, que relata que compró aquella cámara para hacer fotos de surf y, “finalmente, no hice casi ninguna, porque si hay buenas olas prefiero estar en el agua”, aclara entre risas. Pero asegura que, aquel aparato, sin fotómetro, le enseñó a conocer la luz tan bien cómo conocía el mar.

Cuando De Orleans habla de surf, sus ojos brillan y su lenguaje se transforma en uno más cercano, casi coloquial. Desaparece el príncipe y aparece el surfista: “Una vez no tenía plata para viajar, en 1976 y me metí en un carguero porque así no se pagaba casi nada para ir hasta Singapur. Tenía 22 años, era caro viajar en esa época, para Asia era carísimo”, observa pausado. “Fui con una tabla de surf y dos amigos aunque pronto nos separamos porque ellos no surfeaban. Me quedé un año viajando”, relata. De Orleans recuerda que pasaron tres meses en Indonesia y, como si nada, asegura que descubrieron un Secret Spot, en la época “que hoy es uno de los cinco mejores para hacer surf”. Se trataba del G-Land, en las islas Grajagan, “una de las izquierdas más importantes del mundo”, acentúa. “Fuimos hasta allá con un barco de pesca de tortuga”, puntualiza la hazaña, orgulloso.

Marcelo Kaneca, un brasileño que diseña tablas desde 1968, ha rescatado en un blog la memoria del surf brasileño, a través de sus iconos y cita su primer encuentro con el príncipe: “Cuando conocí a João, él era un chaval delgadito, rubio, con el pelo casi blanco, ojos azules y buena cara de europeo, que iba siempre al Arpoador (en la playa de Ipanema, en Río de Janeiro) con dos tíos bien guiris, con fuerte acento italiano, Marcello y Giácomo. Era un grupo extraño, venían siempre con chófer, con buenas tablas, pero eran súper simples, buena gente, así que no prestábamos mucha atención a quiénes eran en aquella época. Después descubrimos que los dos italianos eran condes y por eso apodamos a João, el Príncipe. Un día fuimos a dar una vuelta en una lancha y él llevaba una cámara de vídeo, de esas que tenían un bolso de cuero para llevarla, en el que llevaba grabado su nombre en una cinta de plástico de colores. Comencé a leerlo. Caramba, el tipo tenía todos los nombres que estudié en las clases de historia. Ahí me di cuenta de que era un príncipe mismo”.

El Hawái brasileño

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De Orleans en su reciente visita a Mentawi, Sumatra, donde pasó 13 días surfeando. Hace 37 años, viajó a bordo de un carguero para surfear en el mismo sitio.

Con 7.500 kilómetros de costa, no es raro que, en Brasil, hasta los príncipes practiquen surf. Uno de los destinos preferidos del país por los surfistas de todo el mundo es Fernando de Noronha, un archipiélago volcánico, en el estado de Pernambuco, que es conocido como el Hawái brasileño, con su agua esmeralda, su vegetación tropical casi virgen y sus potentes olas. Aquí el punto más popular para surfear es la playa Cacimba do Padre, donde en verano las olas alcanzar los cinco metros de altura. Cerca pueden cabalgase olas incluso más potentes, en Laje da Cacimba. Playa Boldró, para buenos tubos y Conceiçao, Cachorro y Biboca también son buenas opciones en la zona.

De Orleans reconoce que se ha recorrido el país de Norte a Sur tanto con la tabla como con la cámara. Y en estos años, ha publicado 11 libros con sus fotografías. “Soy un apasionado de mi país”, asegura, aunque matiza, a continuación: “Por eso me parece una vergüenza lo que estamos pasando”. El príncipe, que en el plano político se declara “parlamentarista más que presidencialista” critica que “el pueblo ha salido ahora a la calle para decir no a la corrupción y a un partido de izquierdas que siempre defendió la ética y la moralidad de la política y es el más decadente de todos los tiempos. Nunca se robó tanto en la política brasileña”. Se refiere a las manifestaciones que inundan Brasil desde el pasado 17 de junio, cuando unas 250.000 personas se lanzaron a las calles de las principales ciudades del país al grito de “Brasil acordou” [“Brasil despertó”]. Se trata de las mayores protestas en el país en dos décadas, que tienen como detonante la subida del precio del transporte y como fondo la desigualdad y los escasos retornos en asuntos vitales como la sanidad, la educación o la seguridad de los impuestos que pagan los brasileños.

“Estoy muy orgulloso del pueblo brasileño que ha salido a la calle en masa diciendo: no es por un partido, no es por ideología, es por mi país, contra la corrupción, contra los enormes y mal hechos gastos, por el problema de la salud, del transporte, de la seguridad y de la educación, que deberían tener muchos más recursos en la sexta economía del mundo y no los tiene”, alega. “Estos días salió una investigación sobre transparencia política internacional que dice que Brasil es el país que considera más corruptos a sus partidos, los segundos son los diputados, es decir, los políticos, y tercero, la policía. Vivimos un momento histórico en Brasil”, concluye.

–Y después de las protestas, ¿qué? –pregunta esta periodista.

IMG_9932 copia2–Yo espero que se institucionalicen. No se puede protestar por todo sin un canal de comunicación. Siempre existe el peligro de que gente que no tiene idea de estas protestas las utilice para subir políticamente o hacer vandalismo –responde.

–Hablaba de corrupción… en España también ha habido corrupción hasta en la monarquía –añado.

–Exactamente y el Rey tiene que ser el primero en decir: “Yo estoy en contra. La ley es igual para todos”. Esto es lo correcto. El problema es que a los políticos, cuando les pasa en su partido, en su familia o con sus amigos, fingen que no tienen nada que ver. Errar es de humanos. Nadie es perfecto ni un Rey, nadie, pero lo correcto es saber disculparse cuando se yerra.

–Usted es primo del Rey de España…

–Somos bastante próximos. Tenemos relación porque aunque el Rey Don Juan Carlos es un poco mayor que yo nuestros padres eran de la misma edad y era un primo muy próximo. Tengo mucha admiración por el Rey de España, por la dedicación de toda su vida al apoyo de la democracia. Creo que lo hizo muy bien con los problemas que pasó cuando el viaje a África y dijo: “No era el momento”. Eso es lo correcto.

Antes de despedirse, el Príncipe recupera una antigua revista en la que luce a toda página sobre una ola: “Después de años sin surfear, este año vuelvo a Sumatra”, anticipa. El soniquete del mar, a unos metros de la casa, se difumina con el traqueteo de los coches de caballo que golpean las calles empedradas como una batucada de carnaval. En el centro de Paraty está prohibido el acceso a vehículos de motor. Se entrelazan las risas de los turistas y el viento, que silba. Desaparece el monarca y vuelve el surfista y la luz en sus ojos: “Espero estar en forma…”, confía. No hay zorros en la playa de Ipanema.

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