Profesora afgana: “Antes, los padres tenían miedo de traer a sus hijas al colegio”


2,5 millones de alumnas estudian en Afganistán, prohibido durante el régimen talibán. La exigencia de que les impartan clase mujeres agrava la escasez de docentes. Aún el analfabetismo femenino es del 85%

Texto y fotos por: LOLA GARCÍA-AJOFRÍN. Publicado en Periódico ESCUELA, 27 de septiembre de 2012. Consulta el original de la publicación en PDF.

Alumnas de la Eminy High School, una escuela de chicas de Kabul. Foto: LOLA GARCÍA-AJOFRÍN

Alumnas de la Eminy High School, una escuela de chicas de Kabul. Foto: LOLA GARCÍA-AJOFRÍN

Si en Afganistán el pasado se viste de azul añil, el futuro lo hace de blanco y negro, en una de sus continuas contradicciones. La del paisaje sinsentido de burkas –azules– y niñas de uniforme –velo blanco y vestido oscuro de manga larga sobre el pantalón– que se salpican entre casas de lodo, carros, burros, camiones militares y anuncios de telefonía móvil, hasta llegar al Eminy High School, una escuela de chicas de Kabul.

“Salam aleikum”, saluda un hombre de larga barba cana, gorro blanco y chaleco que custodia la entrada a la escuela. De su labor depende, en parte, que las niñas estudien o no en Afganistán: la seguridad.

Hoy, 2,5 millones de niñas estudian en Afganistán. Foto: LOLA GARCÍA-AJOFRÍN.

Hoy, 2,5 millones de niñas estudian en Afganistán. Foto: LOLA GARCÍA-AJOFRÍN.

“Al principio, los padres tenían mucho miedo”, reconoce Sahila, de 42 años, la directora del centro, que asegura –mientras se descalza y accede a la sala de profesores, cubierta por alfombras– que las cosas, poco a poco, van cambiando. Se refiere a la reapertura de colegios de niñas, tras el período talibán (1996-2001), cuando la enseñanza quedó prohibida a las mujeres a partir de los ocho años –antes de esa edad, solo podían estudiar el Corán– y que, en 2002, a la par que la música volvía a sonar en los coches, las peluquerías a funcionar en los barrios y las cometas a volar en los cielos afganos, reabrieron sus puertas. Paradójicamente, “talibán” –plural del pastún “talib”– significa “estudiantes”.

Los talibán llegaron al poder cuando la hija de Sahila tendría que haber empezado los estudios. Admite que, a escondidas, le daba clase en casa a ella y a las niñas de otros vecinos. “Si me hubieran descubierto, me habrían matado”, asiente. El miedo continuó con el cambio de régimen: “Al principio, hasta que no la veía volver de la escuela, sana y salva, no me tranquilizaba”. El otro día, simplemente, se llevaron a Tahmena, una de las alumnas, de esta escuela. “El padre ha ido a la cárcel y el hermano mayor, que ha quedado a cargo de la casa, no quiere que estudie”, reconoce Yasmin, una de las profesora, que trabaja en la formación de docentes del centro.

En la sala de profesores. La exigencia de que a partir de tercer curso sean mujeres las que den clase a niñas agrava la ya de por sí carencia de profesorado femenino. Foto: LOLA GARCÍA-AJOFRÍN.

En la sala de profesores. La exigencia de que a partir de tercer curso sean mujeres las que den clase a niñas agrava la ya de por sí carencia de profesorado femenino. Foto: LOLA GARCÍA-AJOFRÍN.

Hubo un tiempo, en los 80, en que las mujeres suponían el 40% de los médicos y el 60% de los profesores que salían de la Universidad de Kabul, pero tres décadas de guerra y cinco años de gobierno talibán han situado la educación de Afganistán en una de las peores del mundo. Hasta hoy, los continuos ataques a colegios y los extraños casos de envenenamientos de alumnas advierten de que queda trabajo por hacer. El analfabetismo entre las afganas se sitúa en el 85%, según el PNUD.

La profesora y parlamentaria Farida Hamidi fue una de las pioneras en abrir una escuela de chicas tras la caída del régimen talibán. Es también una de las 69 mujeres miembros del Parlamento afgano. Las mujeres suponen en Afganistán un 28% de los escaños, gracias a una cuota aprobada en 2005. Narra, en el lujoso salón de su casa, el difícil comienzo:

“El día que abrimos la primera escuela de chicas en Nimruz, llegaron hombres con rifles a encararme, me gritaban que las niñas no tenían que estudiar en Afganistán”. Dice que, gracias al imán, los padres de su región han comprendido la importancia de la educación de sus hijas. “Las familias que las permiten ir a la escuela, cambian radicalmente; algunas no conocen ni sus derechos”, sostiene.

La parlamentaria afgana Farida Hamidi. FOTO: LOLA GARCÍA-AJOFRÍN.

(Lee la entrevista completa a Farida Hamidi en La Información.com).

“Ha sido un cambio costoso y lento”, dice Simin Rahimi, asistente de dirección en el Eminy High school de Kabul. En este colegio –antes solo de Primaria y hoy también Instituto– son el doble de alumnas que hace cinco años. Una de ellas es Fawzia, de 16 años, se levanta a la pizarra y expone, ante la clase, que quiere dedicarse a la política: “Para acabar con la corrupción y cambiar la vida de las mujeres”. En el aula, las estudiantes están apretujadas en mesas de tres, en silencio. La profesora, Madina, reconoce que, en los 20 años que lleva dedicada a la enseñanza, “ya lo ha visto todo”. Lo más difícil fue empezar desde cero.

El legado talibán

Pese a los cambios, todavía la línea entre pasado y futuro es estrecha: aproximadamente cinco millones de los 12 millones de niños en edad escolar no tiene acceso a la educación; en 200 de 412 distritos no hay estudiantes matriculados de 10-12 curso; más de 5.000 centros de enseñanza no disponen de edificios utilizables; el 73% de los docentes no cuenta con la formación mínima y unos 11 millones de adultos siguen siendo analfabetos, según datos del Ministerio de Educación del país. FOTO: LOLA GARCÍA-AJOFRÍN.

Pese a los cambios, todavía la línea entre pasado y futuro es estrecha y unos 11 millones de adultos siguen siendo analfabetos, según el Ministerio de Educación. FOTO: LOLA GARCÍA-AJOFRÍN.

“El panorama educativo que nos encontramos era desolador”, enfatiza Susan Wardak, directora general de Educación del profesorado del Ministerio de Educación de Afganistán. Esta activista por los derechos de la mujer, afganocanadiense, de cara redonda, posiblemente sea una de las primeras afganas en conducir de Kabul a Jalalabad –solo en Kabul está permitido–. Pone en silencio su smartphone y puntualiza: “Antes de hablar de logros y retos educativos, déjame empezar por el principio: 2002”.

“Si miras lo que teníamos entonces: solo había 900.000 estudiantes, no había niñas y muy pocos profesores, casi todos (el 95%) sin cualificación, no existía ni curriculum nacional ni libros de texto; hoy, se han construido más de 4.500 escuelas, el número de docentes se ha multiplicado por ocho: son 170.000 profesores (30% mujeres) y hay siete millones de estudiantes afganos (el 37% niñas)”, puntualiza.

Afganistán necesita profesoras

La exigencia de que a partir de tercer curso sean mujeres las que den clase a niñas agrava la ya de por sí carencia de profesorado femenino. Foto: LOLA GARCÍA-AJOFRÍN.

La exigencia de que a partir de tercer curso sean mujeres las que den clase a niñas agrava la ya de por sí carencia de profesorado femenino. Foto: LOLA GARCÍA-AJOFRÍN.

Pero en Afganistán, las libertades que no chocan con la ley se empotran con la sociedad. Cada vez son más las familias que permiten a las niñas estudiar pero no que sean hombres quienes impartan las clases, a partir del tercer curso. Esta exigencia provoca una brecha adicional de profesorado femenino a la ya de por sí carencia de profesores cualificados.

Abdul Hadi Hemat, de 30 años, un mulá –maestro de Religión– de Kandahar, explica que hacen falta muchas profesoras. Tiene una niña de dos años: “Si tiene que darle clase un hombre, no estudiará; pero si el Gobierno se adapta a la cultura islámica, entonces sí”.

Pese a los cambios, todavía la línea entre pasado y futuro es estrecha: aproximadamente cinco millones de los 12 millones de niños en edad escolar no tiene acceso a la educación; en 200 de 412 distritos no hay estudiantes matriculados de 10-12 curso; más de 5.000 centros de enseñanza no disponen de edificios utilizables; el 73% de los docentes no cuenta con la formación mínima y unos 11 millones de adultos siguen siendo analfabetos, según datos del Ministerio de Educación del país. “Por ejemplo, mi familia es pastún y no permitiría que mi hermana estudiara”, reconoce Rohullah, un estudiante de Empresas, de 20 años.

A la salida de clase, en Kabul. Foto: LOLA GARCÍA-AJOFRÍN.

Los hay que también aseguran que las mejoras no corresponden ni a las multimillonarias cifras que, se dice, se han destinado a la reconstrucción de Afganistán, ni a los casi once años desde la invasión estadounidense.

“Bueno, sí se compara con el dinero que se ha gastado en armamento, sí, podemos decir que ha sido poco”, admite dubitativa Wardak, la asesora del Ministerio. Tariq Sonnan, de Naciones Unidas, reconoce la lentitud de los cambios pero justifica: “Lo que se destruye en un instante, tarda años en reconstruirse”. Olve Holaas, de la oficina de la UNESCO en Kabul, es más tajante: “Nadie te dirá que los fondos internacionales han sido bien empleados. Pregúntale a cualquiera. Los hay que se han utilizado relativamente bien y los que se han derrochado. La educación es uno de los mejores ejemplos de donde el dinero del exterior ha alcanzado algunos beneficios, pero aún hay grandes desafíos no resueltos”, sentencia. Hoolas menciona la baja calidad de la supervisión, la estructura de la educación y “la gestión ineficaz en todos los niveles de la cadena de suministro”.

2014, la incertidumbre

Las principales dificultades también tienen que ver, según el representante de la UNESCO, con el elevado crecimiento demográfico que, unido a la financiación externa en declive de la que Afganistán ha dependido desde el siglo XVIII, asfixia a los centros –“ya se estima que las escuelas cubren solo un 55-60% y será peor”, puntualiza–; con la poca calidad de la educación y con la gran pregunta: ¿qué ocurrirá después de 2014, cuando las tropas de la OTAN abandonen el país?

Pasado frente a futuro en Kabul: azul y blanco y negro. FOTO: LOLA GARCÍA-AJOFRÍN.

La incertidumbre cubre todas las posibilidades del abanico: la retirada gradual y pacífica; la guerra civil, como ya ocurriera en 1992 y/o el regreso de un régimen talibán. Explica Holaas, que más allá de la educación de las niñas, para las que la situación cada vez es mejor, la cuestión principal tendrá que ver con el sector de la educación en sí: “Hay una gran burocracia con escaso grado de evaluación, temo por el colapso de la estructura del Ministerio, si una guerra civil estalla de nuevo”.

Acaban las clases. En la puerta del colegio, entre escombros y el polvo que levanta una motocicleta, una mujer se sujeta el burka que ondea el viento. Las niñas salen del colegio todas a la vez. Es el pasado frente al futuro en Kabul. Azul y blanco y negro.

Tras 11 años sin gobierno talibán

 Se ha conseguido…

  •  Cerca de 7 millones de niños están matriculados en la escuela (2,5 millones son niñas).
  • Se han construido más de 4.500 colegios.
  • El número de profesores se ha multiplicado por ocho: son 170.000 (30% mujeres).
  • Los centros de Formación de Profesores (TTC) aumentaron de cuatro a 42. Hay al menos uno por provincia.
  • 250.000 adultos (62% mujeres) asistieron a un curso de alfabetización de nueve meses cada año.
  • De 673 escuelas cerradas a causa de la insurgencia, 220 han vuelto a abrir durante los últimos nueve meses que dan acceso a más de 180.000 estudiantes y 3.000 profesores.

Lo que no se ha hecho…

  • Unos cinco millones (42%) de los 12 millones de niños en edad escolar no tienen acceso a la educación.
  • Más de 5.000 de las Instituciones Educativas no tienen edificios utilizables, agua potable o instalaciones sanitarias.
  • Las largas distancias a pie a la escuela y la falta seguridad son un gran impedimento para la participación de las niñas en la educación.
  • En 200 de 412 distritos urbanos y rurales no hay estudiantes matriculados en los cursos 10-12.
  • El 90% de maestras cualificadas se encuentran en los nueve principales centros urbanos (Kabul, Herat, Nangrahar, Mazar, Badakhshan, Takhar, Baghlan, Faryab y Jozjan).
  • 453 escuelas siguen cerradas o han sido dañadas en los últimos dos años, con consecuencias para 300.000 estudiantes.
  • Cerca de 11 millones de adultos siguen siendo analfabetos.

 **Datos del Ministerio de Educación de Afganistán, 2012

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