Las chicas de la calle de atrás de Hong Kong


Son más de 200.000 mujeres sin vida pero con casa durante la semana, que al llegar el domingo, recuperan algo de vida, pero no tienen casa ni a donde ir, más allá del ratito de la iglesia por la mañana

Las chicas de la calle de atrás de Hong Kong, junto a la estación Central.

Al principio no sabía que hacían allí todas aquellas mujeres. Sentadas en fila, como las fichas de un dominó sin jugadores, en el suelo, por todas partes, apenas sin mirarse, matando el tiempo grano a grano como en un reloj de arena.

Me quedé un buen rato parada enfrente, junto a la estación Central de Hong Kong, esperando a que pasara algo –que nunca pasó– que me diese alguna pista. Su aspecto –la mayoría con vaqueros, camiseta de manga corta y el bolso apretujado entre las piernas– me hizo descartar que fueran prostitutas.

Tampoco eran amigas pasando el rato. Casi ninguna se miraba. Simplemente coincidían en tiempo, espacio y en algún tipo de actividad –o ausencia de ella– que no atinaba a adivinar. Miré a mi alrededor. Por un momento solo había mujeres. Sacaba conclusiones demográficas absurdas mientras me fijaba en ellas.

Por los rasgos, era evidente que eran extranjeras, inmigrantes quizás ¿esperando algún puesto de trabajo? Pero el supuesto pequeño empresario con las ofertas de empleo nunca llegó. Era domingo, en Hong Kong. Después supe, que un domingo habitual para ellas.

El último día de la semana es tambien el día libre para las miles de mujeres que trabajan en el servicio doméstico en Hong Kong. 284.902 “maids” –como se las conoce en inglés–, según datos de 2010, la mayoría mujeres y extranjeras –indonesias (49,4%), filipinas (48%), y tailandesas (1,3%)–, que durante la semana, limpian, planchan, cocinan y se hospedan en los domicilios de los honkoneses que disparan las estadísticas económicas.

Mujeres sin vida pero con casa durante la semana, que al llegar el domingo, recuperan algo de vida, pero no tienen casa ni a donde ir, más allá del ratito de la iglesia por la mañana.

A la entrada del McDonalds, en el 200 de la Connaught Road, me fijaba como las personas con casa y vida sorteaban las manos de estas –sin casa ni vida– apoyadas en la escalera, para no pisar a ninguna. A unos metros, un hombre de impecable traje gris oscuro retiraba unos cuantos billetes de un cajero –Hong Kong ocupa el lugar undécimo en el mundo en volumen de operaciones bancarias–. Un pellizco.

A su lado, centenares de transeúntes meneaban sus bolsas de cartón grueso y brillante que evidenciaban el valor de su contenido. Y entre turistas, fotos, cajeros y viajeros que entraban y salían de la Estación Central, sin cesar, allí permanecían ellas. Inmóviles. Pensé si en esta región que junto a Macao disfrutaba del llamado “país dos sistemas”, no había, como en todas partes, más bien, un sistema y dos países.

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