El café con guisantes de Cuba


En la cartilla, los cubanos reciben café mezclado con un 50% de chícharos

A finales de 2007, una televisión brasileña (TAL) encargó al guionista cubano Arturo Sotto realizar un documental titulado “Los cubanos”. Sotto acabó filmando episodios surrealistas de Cuba que describen el todo y la nada de la Isla –ya sea un arqueólogo que guarda una momia en una habitación de su casa o un ingeniero nuclear que habla ruso y se dedica al cuidado de vacas–. El autor explica su decisión al principio de la cinta: “Realizar un documental que se titule ‘Los cubanos’ es imposible. Siempre faltará algo. Mucho más sensible en un país donde unos defienden la cubanidad como algo sagrado que puede desaparecer de un momento a otro”. Lo tituló: “Bretón es un bebé”, en honor a André Bretón, fundador del Surrealismo.

Y en esas me he visto yo estos días, a mi regreso de La Habana. Intentado escribir el post “Los cubanos” –que como dice Sotto, es imposible– y trayendo a mi memoria episodios de los que solo pueden producirse en este lugar. Porque como se dice en este documental: “¿Cómo hacer el resumen de un país con una historia más grande que su propia geografía?”. Así que, en vez de hablaros de cubanidades, os hablaré de algo mucho más surrealista: el café con guisantes de Cuba.

Llevaba un rato mirando al techo mientras aquel profesor, en su casa en La Habana, hablaba y hablaba –del desinterés de sus alumnos, creo–. Si no estuviese ahí arriba parecería una mancha de café, pensé. Con ese color carmelita (marrón), que dicen los cubanos –en honor al hábito de estas monjas– y forma de mapa mal hecho. La mancha estaba sobre una antigua cocina de gas de hierros carbonizados, que a la vez era recibidor, comedor, despacho y hogar completo, a excepción del dormitorio, y alguien había intentado borrarla con una pintura blancuzca, sin éxito. Como si en este país, en el que muchas cosas funcionan al revés, hubiesen dado la vuelta a la casa y derramado el desayuno, pero sobre el techo.

No me resistí a preguntar. –¿Qué es eso? –¿El qué? –La mancha, dije y señalé. –¡Ah! Qué explotó la cafetera. No pude evitarlo, me reí. Por raro que sonase, eran comunes los accidentes en Cuba por cafeteras que explotaban; y, aquella mancha, más que original, era ya casi un signo de identidad de las cocinas cubanas.

El causante era el café –o mejor dicho nocafé— cubano, que se entrega desde mayo de 2011 con la libreta: una mezcla del 50% de este grano con otro 50% de chícharos tostados y molidos (guisantes), que a veces obstruyen la cafetera y la hacen explotar. Es decir, que en uno de los países más conocidos por esta estimulante bebida, el pueblo se bebe el café con guisantes requemaos que, además, explotan.

La explicación dada por el Gobierno para mezclar el café con guisantes es que, respecto al año anterior,  el precio del café había ascendido en el mercado internacional en un 69%, mientras que el de los chícharos solo se había incrementado en un 30%. Raúl Castro lo adelantó en diciembre de 2010, en Asamblea Nacional: Cuba no podía permitirse “el lujo” de gastar los 50 millones de dólares destinados anualmente para importar el grano y cubrir el consumo local. Porque Cuba, señores, compra 18 toneladas de café fuera.

Volví a mirar al techo, reconsideré la mancha y pensé en Bretón y en que a lo mejor un día algún cubano canta: “El café con guisantes no es café”.

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