Voces desde el Malecón


Dominó en La Habana

Las fichas de dominó suenan duro en la noche cuando golpean contra el tablero. [Clap] Una y otra vez. [Clap] [Clap] [Clap]. Con violencia. Los jugadores están agolpados frente a una mesa de medio metro bajo el foco de la única farola que está iluminada en la calle Galiano, a unos metros del Malecón. Sin un peso, en La Habana, no se puede hacer mucho más a la noche y con este calor, tampoco se puede estar en la casa. Hay un gallo madrugador, despeluchado, que grita de viejo y de sueño y el mar escupe olitas contra las rocas. Mañana promete otro día de sol.

La Habana huele a gasolina y talco y suena a partida de dominó y cacareo de gallo viejo. Hay una niña que ríe en un segundo piso. En La Habana, los bebés, más que llorar, ríen. Y las hermanas aprenden un baile de una canción de reggeaton de moda: “Playa, playa, piscina, piscina”. Los hay que se conforman con cantarlo. Y los hay que, cada día, van al mar, en la otra punta de la ciudad, en el barrio de Playa.

Se podría escribir una novela sobre los motivos por los que los cubanos visitan aquella playa. Allí, el gruñido es el de una tiñosa a la que unos y otros no dejan engullir los desperdicios de animales muertos que alguien ha desparramado después de un sacrificio. La tiñosa se aferra a un pedazo de carne descompuesta hasta que aparecen dos inoportunos huéspedes, padre e hija, que, con un cubito, entre trozos de animales muertos, latas de cerveza y condones, peinan la playa en busca de caracoles. La tiñosa espera impaciente. Aparece un hombre con un papel. Mira al mar y recita algo. El papel lo pone detrás, se sabe la oración. Está un buen rato. Se distrae mirando a una pareja que se magrea en una roca y se marcha, satisfecho, como la tiñosa, que vuelve a la carga, hasta que aparece un muchacho con una tabla de surf. No hay muchas olas. Las suficientes para empezar y para que la tiñosa pierda el apetito y la paciencia. Se va, refunfuñando.

Volvemos al Malecón y a escuchar La Habana. Unos niños se preparan para saltar al agua desde el muro. A un par de metros, unos chinos vislumbran la fotografía perfecta para Facebook [chapuzón de niño cubano]. Escuchamos. Uno de los chavales increpa al amigo: “No saltes si no te dan dinero”. El día termina con el sonido de casi todas las historias: “One dollar, one dollar”.

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