¿Emprendedores? De caerse y levantarse va la cosa


A unos metros del río Singapur, en Marina Bay, unos niños juegan con el agua de una fuente. Se caen y se levantan, entre risas. Se unen más niños. Singapur, junio de 2012. FOTO: LOLA GARCÍA-AJOFRÍN.

A unos metros del río Singapur, en Marina Bay, unos niños juegan con el agua de una fuente. Se caen y se levantan, entre risas. Se unen más niños. Singapur, junio de 2012. FOTO: LOLA GARCÍA-AJOFRÍN.

El otro día tropecé y me caí de culo, como los niños. Iba mirando Twitter en el móvil a la salida del trabajo y metí el pie de lado en un boquete en el suelo. De una manera tan absurda como lo fue el golpe. El Samsung Galaxy salió disparado y también el zapato –como en aquel intento de un reportero de desgraciar a Bush en Irak, pero sin objetivo premeditado—. Por lo aparatoso de la leche, varias personas vinieron a socorrerme. Casi ni me inmuté. Inconscientemente utilicé una frase hecha que a menudo emplea mi madre: “Gracias, ha sido más el susto que el golpe”; me levanté, continué camino hacia el metro y seguí tuiteando. Sin más. No debí retrasarme ni un minuto.

No me había vuelto a acordar de aquello hasta ayer, que tuve una caída, también de culo –en otro ámbito—. Pero en este caso, me quedé en el suelo un buen rato. Llevo día y medio lamentándome en la acera, preguntándome si soy el Sancho del Quijote y si en realidad, no hay gigantes sino molinos; y con el zapato a tomar por culo.

En una publicidad de hace un tiempo, Michael Jordan cifraba las derrotas de toda su trayectoria profesional: “He fallado más de 9.000 tiros durante mi carrera; he perdido casi 300 partidos; 26 veces me han confiado el tiro ganador del juego y lo he fallado; he fallado vez, tras vez, tras vez en mi vida…”, decía y continuaba: “Y, es por eso, por lo que tengo éxito”.

Últimamente se habla mucho de emprender pero no se nos prepara para ello. Cuando somos niños, arriesgamos –al trepar el árbol, al elevar al máximo el columpio, al encarar a los mayores— nos llenamos las rodillas de cardenales  y continuamos la partida. Entonces aparecen los suspensos y el “no te subas que te vas a caer”. Se podría decir que cuando empiezan a darnos miedo los columpios y las notas es cuando estamos del todo adiestrados y preparados para la vida adulta, que es de todo, menos emprendiemiento. Para los niños es más fácil, porque no conciben el término ‘fracaso’. Si se caen, se levantan y siguen jugando. Fijaos, muchos solo lloran si hay algún adulto delante, porque conocen su lenguaje. Cuando están solos, se caen y se levantan; cuando hay mayores, se caen y lloran. Sospechoso, ¿no?

Hoy el diario El Mundo se hacía eco del libro Los Cinco Arrepentimientos de los Moribundos, una publicación de una enfermera australiana que trabaja con pacientes terminales y que ha recopilado los remordimientos más habituales entre las personas que están a punto de morir. Son los siguientes:

1. ‘Ojalá hubiera tenido el coraje de hacer lo que quería hacer’

2. ‘Ojalá no hubiera trabajado tanto’

 3. ‘Poder expresar mis sentimientos’

 4. ‘Más contacto con los amigos’

 5. ‘Haber sido más feliz’

Posiblemente como muchos que hayan leído la información, me he puesto en situación y he analizado lo que yo contestaría. Y ninguna de mis caídas estaría en la lista, ni la del suelo ni tampoco la de ayer; en todo caso, de no haberlo intentado.

He tardado 72 horas, pero me he dado cuenta. La cosa va de eso: de caerse y levantarse. Y la verdad es que, pensándolo bien, ha sido más el susto que el golpe.

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