¿Qué hay debajo de los adoquines de Moscú?


LOLA GARCÍA-AJOFRÍN, 11 de diciembre de 2011, Moscú. Una semana en la Rusia poselectoral

En el interior de unos de los vuelos directos de Iberia Madrid-Moscú, un joven de Móstoles busca la seguridad de una madre en los brazos de su asiento. “Antes tenía miedo a los aviones. Es la primera vez que vuelo desde que hice el curso y ya no estoy nervioso como antes”, intenta convencerme, aunque durante el despegue cierra los ojos y parece que reza. Ha desafiado a sus miedos por amor. O, al menos, por una mujer. “La conocí una noche de fiesta en Madrid y llevamos varios meses hablando por Internet”, cuenta. Ha aprovechado el puente de diciembre para visitarla.

“Hemos llegado al aeropuerto Domodedovo de Moscú”, dice la azafata, que agradece al resto del pasaje que hayamos elegido su compañía para volar. “La temperatura en el exterior es de 2º C”, continúa. Todavía es otoño en una ciudad en la que los termómetros llegan a alcanzar los 30º bajo cero. Un grupo de adolescentes rusos lo confirma, con bermudas de surfero y camisetas sin mangas. Están colorados del sol y el garrafón de alguna playa de las Islas Canarias. Son los únicos que elevan el tono de voz ante el control de pasaportes, frente al que los pasajeros del vuelo de Iberia se agolpan como si alguien les gritase aquello de ‘tonto el último’.

El pasaje pronto se difumina. Se abren las puertas del tren expresso que conecta el aeropuerto Domodedovo con la estación Paveletsky y una marea de capuchas, gorros de piel y maletas se apodera del vagón. Pasan un documental sobre nutrias. Solo interrumpe el silencio alguna tos y un “Coffee or tea” en un inglés difuso que ofrece una vendedora con su carrito de chocolatinas y bebidas calientes. 45 minutos después, el majestuoso metro moscovita recibe a los transeúntes. Moscú se prepara para las elecciones parlamentarias que serán al día siguiente, 4 de diciembre de 2011.

En la prensa internacional se previene sobre el posible fraude electoral. El dirigente del Partido Comunista de Rusia, Guennadi Ziugánov, ha amenazado con protestas masivas en caso de que “se roben los votos”, en una entrevista publicada en el diario ruso Védomosti. Es media tarde. En uno de los muchos centros comerciales que socorren a los ciudadanos del frío de la calle en sus ratos de ocio, unas muchachas se preparan con jarras de cerveza para el sábado noche. Podrían haber salido de una pasarela de alta costura, con tacones de 17 cms, abrigos de piel y vestidos más propios de fin de año, pero posiblemente salgan de casa.

Club Viaipi, moscú

Un par de horas después las encontramos en el Club Viapi. Ellas bailan sobre las barra en una competición por ver quién es la más guapa. Todas lo son. Suena Beyoncé. Ninguna lo es. Una azafata reparte chupitos de un vodka barato en promoción. Transcurre la noche y a la chica cada vez le cuesta menos vender la bebida. Faltan unas horas para que se abran los colegios electorales. Amanece, con frío pero con algún rayo del sol. Esos instantes de luz únicos que un buen fotógrafo exprime con su Leica.

En el centro de la ciudad algunos autobuses esperan a los votantes. Son estudiantes que regresarán a sus pueblos una vez depositado el voto. Algunos almuerzan en unas carpas antes de emprender la vuelta. Uno de ellos confiesa que no le gusta Putin; el resto, devora el arroz, como si nada. Muchos jubilados votan. Algunos, antiguos comunistas votarán a Putin, “como mi abuela, porque el país hoy es más rico”, confiesa una muchacha que no quiere escuchar hablar de estafa. En el interior del colegio venden peluches y golosinas. Los corresponsales extranjeros siguen el recuento durante la tarde como si fuese la lotería de Navidad. Aquí la noticia es si el partido de Putin ha perdido poder. También la dimensión del fraude.

Sobre las 21 horas comienzan a conocerse los resultados y las inmediaciones de la Plaza Roja se abarrotan de contrarios al partido en el Gobierno. Los grupos pro-Putin no tienen nada que celebrar. El partido Rusia Unida –al que pertenece el primer ministro Vladimir Putin, aunque estas elecciones son al Parlamento– obtuvo el 50% de los votos, un fuerte retroceso con respecto a comicios anteriores, aunque conserva la mayoría en la cámara baja. Sobre todo hay policía. Y prensa.

Durante toda la semana, el espectáculo es el mismo. Cae la noche y las calles se visten de manifestantes y de capas verdes y sombreros negros de la policía; y las luces de las cámaras de televisión alumbran la plaza Bolotnaya de Moscú, mientras los reporteros de medios internacionales insinúan si podría tratarse de otro Occupy, otro Tahrir, otro 15-M. Son escasos los Smarthphones que se iluminan entre el tumulto. ¿Serán las manos confortadas por los guantes las que no se atreven a tuitear?

Rusia es el país con mayor número de usuarios de Internet de Europa, con 50,8 millones –el 36% de su población– aunque donde la libertad de prensa todavía deja mucho que desear. Recientemente Reporteros Sin Fronteras condenaba la iniciativa de Roskomnadzor, la Agencia Federal Rusa de Comunicaciones, Tecnología de la Información y Medios de Comunicación, por sus pretensiones de usar un software informático para localizar contenidos “extremistas” en Internet, en especial, en el marco electoral.

Café y pastel de zanahoria

Ensayo en el Teatro Bolshoi

En un Starbucks próximo al Tealtro Bolshoi, uno de los bailarines consulta su Facebook en el móvil. Toma café expresso y pastel de zanahoria. El establecimiento forma parte de su ritual matutino cada jornada, antes de entrenar nueve horas diarias. Lleva desde los 6 años dedicado a esta profesión. Tiene 21 y pertenece a uno de los mejores ballet del mundo. “El de la foto soy yo”, señala más acostumbrado que orgulloso a un cartel, a la salida de la cafetería. Le cuento que anoche estuvimos en una manifestación y hubo decenas de detenidos. Responde con un escueto “no me interesa la política, es todo lo mismo”.

Mientras, la ciudad se prepara para el fin de semana. El bailarín, para el ensayo general del domingo; el Bolshoi, para la visita del ballet nacional español que cierra el año dual España-Rusia y la presencia de la ministra de Cultura española, Ángeles González-Sinde; los corresponsales para la gran manifestación del sábado, celebrada finalmente en la plaza Bolótnaya, cerca del Kremlin, con más de 35.000 personas confirmadas en Facebook y Moscú, para el frío. Está nevando.

Una semana después, vuelvo a tomar el mismo tren, ahora de la estación Paveletsky al aeropuerto Domodedovo. Miro al televisor. Ahí sigue el documental sobre nutrias. Y la mujer que sirve “coffee or tea”. Pienso en el chaval de Móstoles y en cómo le habrá ido con la rusa; y que ajenas a manifestaciones, las muchachas del centro comercial posiblemente hoy vuelvan a engalanarse para imitar a a Beyoncé en la barra del Viaipi. Por el chat de Facebook me escribe un amigo fotógrafo: “¿Sigues en Egipto?”; “no, en Moscú”, respondo. “Allí si que se está liando, ¿no?”. Pienso en el bailarín, en los corresponsales, en el de Móstoles, en las que quieren ser Beyoncé y en la señora de las chocolatinas. “No te creas, es solo una minoría”. “Las revoluciones las hacen las minorías”, contesta él.

En el iphone del periodista que me acompaña suena Ismael Serrano: “Papá cuéntame otra vez que tras tanta barricada y tras tanto puño en alto y tanta sangre derramada, al final de la partida no pudisteis hacer nada, y bajo los adoquines no había arena de playa”.

Y escucho la letra: “Fue muy dura la derrota: todo lo que se soñaba se pudrió en los rincones, se cubrió de telarañas, y ya nadie canta Al Vent, ya no hay locos ya no hay parias, pero tiene que llover aún sigue sucia la plaza”.

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