Un milagro en la favela


LOLA GARCÍA-AJOFRÍN. ESCUELA 8 de octubre de 2009.


Uno de los pequeños juega en el Instituto Central de Cidadanía, en Salvador de Bahía (Brasil). FOTOGRAFÍA: Ignacio Casado

Uno de los pequeños juega en el Instituto Central de Cidadanía, en Salvador de Bahía (Brasil). FOTOGRAFÍA: Ignacio Casado

ESCUELA se adentra en uno de los barrios más populosos y violentos de Salvador de Bahía (Brasil). Allí un proyecto educativo de unos jóvenes idealistas  lucha por “romper el ciclo de la miseria”

La fuerte inclinación de la pendiente indica que la favela está próxima. En Brasil el emplazamiento de la vivienda es inversamente proporcional a la posición social. Cuanto más alto uno se ubica en la urbe más abajo es relegado por la sociedad –o posiblemente sea a la inversa-.  Las calles se estrechan y el rojo desvaído del ladrillo que monopoliza las paredes del asentamiento parece teñir de desesperanza las vidas de los que se resignan a pensar que morirán como nacieron: sin nada.

Son las 14:00 horas de un cálido día ordinario del invierno de Salvador de Bahía (Brasil) en el barrio de Pernambués. Para unos, una favela más de las muchas que custodian desde lo alto la periferia de las grandes urbes brasileñas. Para otros, una comunidad –el término ‘favela’ implica en sí mismo un significado peyorativo- de “quienes ya nacieron condenados a todas las formas de injusticia”, describe el periodista Caco Barcellos en su libro Abusados. Y de un modo u otro, uno de los barrios más populosos y violentos de la capital bahiana.

Ivanildo Santana da Silva (Cidade de Central, Brasil, 1971) detiene su coche en la puerta del “Instituto Central de Cidadania”, un milagro del que es culpable, responsable y director. Gracias a su proyecto Pé na Escola, en seis años ha conseguido que 900 niños del barrio pongan un “pie en su escuela” y sustituyan las armas por los juguetes, el lenguaje de los traficantes por el inglés y el tiempo muerto en la calle por el aprovechado en el pupitre. El resultado es una escuela complementaria que aleja a los niños de la rúa cuando no están en el colegio.

En Brasil, los centros educativos públicos sólo ofrecen una enseñanza a tiempo parcial, ya sea por la mañana o por la tarde. “Lo que significa que los niños tienen mucho tiempo para pasarlo en la calle, pidiendo, traficando con drogas o haciendo cualquier cosa que no deben”, reconoce. Este instituto sirve de refugio a la infinidad de alternativas perniciosas con las que obsequia la calle a los más jóvenes del barrio. Las aulas de informática, idiomas, capoeira o de refuerzo que ofrece el centro son más que una excusa para sacarlos de ellas. “A la vez que pasan un tiempo agradable, crecen culturalmente”, expone Ivanildo mientras nos adentramos en su pequeño milagro.

Un intenso aroma a dendê -un aceite azafranado que acompaña todos los platos bahianos- hace sentir aquello de “hogar dulce hogar”. En seguida nos devuelve a la realidad: “lo primero es llenar los estómagos”, comenta, -si no, es difícil henchir las cabezas, parece que quisiera añadir- mientras relata que los problemas derivados de una mala alimentación son comunes entre los pequeños del centro. Por ello, algunos comen con los maestros y todos reciben un refrigerio a media tarde.  “Se ven tantas cosas en esta escuela al cabo del día, que es imposible olvidar por qué hacemos lo que hacemos”, comenta, aunque sin mermar nunca la sonrisa.

Había una alumna del Instituto que nunca  probaba bocado de la merienda que les proporcionan, relata. La miraba, jugaba con ella y la escondía. Siempre lo mismo.  Hasta que un día la preguntaron si no la gustaba. Contestó que sí, pero tenía una hermana pequeña en casa sin nada que llevarse a la boca. Desde entonces la entregan dos.

Ivanildo Santana, director del Instituto Central de Cidadania. FOTOGRAFÍA: Ignacio Casado
Ivanildo Santana, director del Instituto Central de Cidadania. FOTOGRAFÍA: Ignacio Casado

Ivanildo es uno de esos héroes de los que raramente se hacen eco los periódicos. Originario del interior de Bahía –en el Nordeste de Brasil sólo un 76% de los niños de ocho años está alfabetizado-, hijo de agricultores, estudió en el colegio en el que limpiaba su madre a cambio de educación gratuita para sus cuatro pequeños como único salario. Tanto él como sus hermanos dividían sus manos entre los lápices y el ladrillo, en el que trabajaban para pagar los libros. “A pesar de ello, mi madre nunca permitió que dejáramos la escuela”, admite. “Y fue eso lo que nos salvó”. Hoy los cuatro tienen carreras universitarias y dos de ellos trabajan en proyectos sociales.

“No podía ser de otra manera”, admite, mientas asciende al primer piso donde se alojan las aulas. Un mural con un tren de colores, juguetes y sonrisas apocadas al recibir la visita. Sólo son niños. No muy distintos del que un día fue él. “No caí de repente en esta historia, sino que crecí en ella”, reconoce. “Y aunque nunca fui niño de la calle, anduve muy cerca de serlo”. Por eso, explica, que se hizo trabajador social. “Nadie mejor que yo sabe que invertir el tiempo de un niño en educación, cultura e información, no sólo puede convertirlo en un ciudadano responsable, inclusive, pueden multiplicar esa labor, como ocurrió con nosotros”, comenta.

El proyecto Pé na Escola –del que forma parte este centro- es la manera que este periodista de profesión, idealista de vocación, tiene de devolver el regalo que un día le hizo su madre. Primero, a través de una gran ONG brasileña, de la que era Relaciones Públicas y en la que nunca tuvo claro “por dónde salía el dinero que entraba”. Y, más tarde, decepcionado, a través de esta iniciativa -que puso en marcha con su hermano y unos amigos-  y de la que hoy mismo reconoce no creer “haber llegado hasta donde han llegado”. En la actualidad ya son cuatro escuelas entre Rio de Janeiro (Duque de Caxias) y el Estado de Bahía (Salvador, Feira de Santana, Camaçari y Central) las que ofrecen un complemento educacional a los chavales más necesitados.

En el aula, el más tímido –que no aguanta la mirada a la cámara de fotos-; el travieso –que se presenta él solo-; la niña mona –que sonríe-. Sus gestos espontáneos revelan a jóvenes muy distintos pero con un estrecho vínculo en común: todos nacieron faltos de oportunidades. “La mayoría de la gente se confunde, no son ‘niños de la calle’ porque tiene casa y familia, son ‘niños en la calle’ porque no tienen adonde ir. Nosotros tan sólo ponemos a su disposición una alternativa”,  expone Ivanildo, que reconoce orgulloso que hoy esos chavales son mucho más amables y próximos que cuando llegaron, “a pesar de la fuerte relación con la violencia que tienen en su día a día”.

Mientas, los pequeños se ponen en pie y entonan al unísono una canción para los invitados: “Olha que coisa mais linda, mais cheia de graça…”. -El popular ritmo de la bossa nova también surgió entre estudiantes hace ya cinco décadas, aunque aquellos eran de clase media-. Difícil de deshacerse el nudo que se forma en la garganta. Ivanildo continúa la visita. En el aula contigua, los alumnos asisten a clase de informática. El profesor es un holandés, llegó a Brasil para aprender el idioma y se contagió del “no se qué” que transmite la ciudad. Nunca regresó. Desde entonces reside en Salvador y coordinada el trabajo del resto de voluntarios.

Vista de la favela desde una de las ventanas de la escuela, en el barrio de Pernambués, Salvador de Bahía (Brasil). FOTOGRAFÍA: Ignacio Casado
Vista de la favela desde una de las ventanas de la escuela, en el barrio de Pernambués, Salvador de Bahía (Brasil). FOTOGRAFÍA: Ignacio Casado

Ellos son los que hacen posible que este milagro salga adelante. Estudiantes extranjeros y turistas que dedican algunas horas a las semana a dar clases de idiomas o a traducir la página web; los profesores, funcionarios contratados, en su mayoría idealistas que se creen capaces de cambiar las cosas; los comerciales, que desde una ajetreada sala castigada por el ruido de plegarias y teléfonos recaudan los 10 ó 15 reales –algo menos de cinco euros- con los que contribuyen  los hasta ahora 2000 colaboradores; y como no, Ivanildo, un polivalente director, que en las 12 horas diarias que llega a dedicar a su centro hace las veces de administrador, coordinador, chófer o hasta diseñador, cuando confecciona los uniformes de los alumnos –que también fabrican en la escuela-.

El improvisado taller en el que se pintan las camisetas se sitúa en la segunda planta. Las vistas son todo un espectáculo que eclipsa por un momento el discurso del director. Miseria e improvisación arquitectónica entre las casitas de ladrillo y uralita que lidian con la escuela. En el horizonte, altos edificios que beben del mar parecen encargarse de recordar la brutal disparidad de la que adolece el país.

“En Brasil los ricos gastan en tres días lo que los pobres en un año”, reconocía recientemente un estudio del Instituto de Investigación Económica Aplicada (IPEA). En cifras, eso significa, que aunque el índice de desigualdad en Brasil se haya reducido cerca del 9,2% en una década –según los últimos datos del Instituto Brasileño de Geografía y Estadísticas (IBGE)- todavía sólo un 10% de los trabajadores concentra casi la mitad de la renta nacional (un 42,7% ). Mientras, 5,9 millones de familias carecen de ningún tipo de rendimiento o sus ingresos son  inferiores a la cuarta parte de los 465 reales de salario mínimo -unos 175 euros-.

“En esas circunstancias, a veces es difícil convencer a los padres para que manden a sus hijos a la escuela en vez de a trabajar”, continúa Ivanildo apoyado en el canto de la ventana que separa la realidad –la favela- de lo que parece la ficción –la escuela-. Oficialmente el trabajo infantil en Brasil está prohibido hasta los 14 años. Sin embargo, es común ver a pequeños de poco más de un metro de altura vendiendo gambas y queso en las playas de Barra –la zona turística-. Para evitar eso, en el centro hacen una serie de reuniones periódicas con las familias donde les muestran la importancia de que los jóvenes estudien. “Es muy difícil impedir que los padres pongan a sus hijos a vender en la calle, porque nosotros no somos autoridad para prohibir”, comenta Ivanildo. Ellos trabajan desde la concienciación. Además, el programa cuenta con un Seguro Alimenticio que entrega a los progenitores alimentos no perecederos a cambio de que los niños frecuentes sus aulas al menos un 90% y no suspendan.

Es hora de regresar. Mientras recoge, el director manifiesta su próximo desafío, que es prolongar la estancia de los niños hasta que comiencen la facultad y no sólo hasta los 14 años como ofrecen ahora. E incluso, revela que la organización ambiciona con ir más allá, y crear una universidad publica de calidad para completar la asistencia a los jóvenes en todas sus etapas formativas. “Existe el proyecto, peor faltan los recursos”, comenta. Se muestra optimista. “También esta escuela comenzó como un sueño, que viró realidad”, añade.

Los niños se despiden, ahora más resueltos. En el coche, Ivanildo habla de la parte más dura del proyecto, la económica.  Y del 30% del dinero que tiene que devolver de las donaciones o de la tasa del 27,5% sobre el pago de los funcionarios. “No es sólo que el gobierno deje en manos de individuales estos problemas, sino que a veces, a los que nos implicamos, parece ponernos la zancadilla”, lamenta. El ladrillo encarnado empieza a dar paso al grisáceo metálico del Shopping Iguatemí, uno de los centros comerciales más lujosos de Salvador y a escasos minutos de la favela. El camino de arena se convierte en una amplia calle impecablemente pavimentada. Es el brusco certamen de la realidad. Los ciudadanos caminan apresurados con bolsas en la mano. Abajo todos parecen desconocer la principal lucha del morro. No proviene del tráfico de droga, arriba también se combate por educación.

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